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Cada vez que atravesamos el solsticio, los expertos inciden en lo extremadamente calurosos que están siendo los veranos. Tanto es así, que parece que las olas de calor se suceden durante tres meses, muchas veces casi sin tregua. Cuando esto ocurre, nuestra primera reacción es encerrarnos, encender el aire acondicionado y pasar los días en el interior hasta que llega la noche.
El problema es que a veces olvidamos que convivimos con inquilinos muy vulnerables que adornan nuestras estancias: las obras de arte. En estos casos, el calor extremo puede llegar a causar estragos irreparables en pinturas, esculturas, fotografías y antigüedades, sobre todo si no tomamos las medidas adecuadas.
Mientras que las galerías profesionales cuentan con estrictos protocolos de climatización, en el ámbito doméstico es más difícil seguir a rajatabla estas rutinas. Con el fin de preservar el valor económico (y sentimental) de tu patrimonio artístico, te explicamos cómo actúan realmente los factores ambientales y qué puedes hacer para neutralizarlos.
Para comprender por qué el calor es tan destructivo, lo primero que tenemos que entender es que la gran mayoría de obras de arte están vivas. Materiales como el lienzo, la madera, el papel o el pergamino tienen la capacidad de absorber y ceder humedad en función de la temperatura que los rodea.
Por regla general, cuando una casa experimenta una ola de calor, los materiales orgánicos se resecan y se contraen. A su vez, si tenemos aire acondicionado en casa, los materiales se pueden expandir debido al enfriamiento brusco de la temperatura. El problema es que este movimiento constante puede traducirse en lo que los restauradores llaman estrés mecánico. Por ejemplo, en el caso de un óleo sobre lienzo, tanto la pintura como la tela se comportan de maneras distintas, lo que puede provocar que la obra presente craquelados, levantamientos, pérdida de adherencia y levantamientos de color.
Por otro lado, es importante recalcar que la temperatura actúa como un catalizador químico, de forma que el calor puede acelerar procesos de degradación natural de barnices o pigmentos. Esto es todo un clásico en el ámbito privado, donde no siempre contamos con vitrinas climatizadas, sensores o la luz constante de los museos. Y, peor aún, la mayoría de las veces solo somos conscientes del deterioro cuando ya es demasiado tarde.
Aunque cada soporte y formato tiene sus peculiaridades, estos son algunos de los cuidados que podemos tener en cuenta si tenemos obras de arte en casa y queremos preservar su aspecto, calidad y valor.
Además del calor, el verano siempre viene acompañado por un exceso de luz natural. Y aunque todo el mundo aspira a tener un salón luminoso, probablemente es el peor escenario en el que exponer obras de arte. Si la pieza que tenemos colgada recibe luz directa, lo más probable es que se caliente la superficie y que, además, se produzca una degradación fotoquímica irreversible.
Por tanto, como norma general, debemos evitar colgar arte en paredes que reciben luz directa, usar estores o cortinas tupidas para filtrar la luz y, si podemos, invertir en cristales de museo para enmarcar pinturas, ilustraciones u obras sobre papel.
Para el calor asfixiante, nada mejor que contar con un buen aparato de aire acondicionado. Sin embargo, si tenemos obras de arte debemos hacer un uso inteligente del mismo. Es preferible mantener una temperatura constante que apagar el aire al salir de casa y encenderlo a 19º C al volver, puesto que esto provocaría un choque térmico muy poco recomendable para las obras. De igual forma, es mejor no colocarlas donde les llegue el flujo de aire directo.
La temperatura y la humedad van siempre al unísono. Salvo en climas cercanos al mar o en entornos tropicales, lo más habitual es que la humedad relativa disminuya en cuanto sube la temperatura. El problema es que un ambiente excesivamente seco puede hacer que la madera de esculturas o marcos se resquebraje; pero un ambiente muy húmedo puede favorecer la aparición de microorganismos, ácaros y moho.
Los estándares de conservación sitúan el ideal en un 50% de humedad relativa, que podemos conseguir fácilmente con un aparato deshumidificador y un pequeño termohigrómetro digital para hacer un seguimiento más exhaustivo.
No todas las obras se comportan igual ante el calor. Adaptar las medidas de prevención a la naturaleza de cada pieza es lo mejor que podemos hacer como coleccionistas y amantes del arte. Por norma general, tendremos en cuenta estas pautas:
Aún siendo el coleccionista más meticuloso, las medidas preventivas no siempre son suficientes. Un fallo en el sistema de climatización durante nuestras vacaciones, una rotura accidental de una tubería o un daño imprevisto al intentar quitar la obra del sol son solo algunos de los episodios habituales en hogares que contienen obras de arte.
Lo más recomendable, entonces, es complementar los cuidados con una protección financiera sólida, como el Seguro para Colecciones Privadas de Hiscox. Esta póliza marca la diferencia entre tener algunos adornos decorativos y custodiar un verdadero patrimonio. De hecho, en Hiscox llevamos más de 50 años vinculados al mundo del arte, lo que nos permite ofrecer coberturas diseñadas desde la empatía y el conocimiento del sector.
El seguro garantiza una protección a Todo Riesgo y, además, funciona bajo la modalidad de Valor Convenido, que asegura que la valoración de la obra se fija de antemano para evitar sorpresas y depreciaciones.
Aunque, donde realmente marca la diferencia es en su flexibilidad ante imprevistos. Si el calor, la sequedad o un accidente doméstico causan un daño parcial a la obra, en Hiscox te damos la potestad para que decidas entre restaurar la pieza o recibir una indemnización. Además, si aprovechas las vacaciones para comprar nuevas obras de arte, la póliza prevé un incremento automático de hasta el 25% del valor asegurado para esas nuevas adquisiciones (siempre y cuando se comunique con un máximo de 60 días de antelación).