La exposición Renoir: intimidad, como pulso de lo íntimo

La exposición Renoir: Intimidad del Museo Thyssen- Bornemisza  se inauguró el 18 de octubre y estará disponible hasta el 22 de enero de 2017.

Presenta un recorrido por 78 obras del artista francés, procedentes de museos y colecciones de todo el mundo, como el Musée Marmottan Monet de París o el Art Institute de Chicago.

Renoir: intimidad está organizada siguiendo un recorrido temático, en torno a seis apartados: Impresionismo: lo público y lo privado; Retratos de encargo; Placeres cotidianos; Paisajes del norte y del sur; La familia y su entorno y Bañistas.

Intimidad. La sobriedad y elegancia de una palabra que recoge el miedo a mostrarnos y el morbo por descubrir lo oculto y profundo del otro, sirve como título para hilar una exposición que intenta redescubrir la figura del Renoir más versátil. 

Lo íntimo entendido como la ventana a la que asomarse en los actos más sencillos, aquellos que todo muestran y nada callan, como el tejer de una trenza, o la lectura de un libro. La cotidianidad entendida como escena de intimidad, a la misma altura que la tan afamada erótica femenina de los conocidos desnudos de Renoir.

El imaginario colectivo, al cerrar los ojos y evocar a Renoir, encontrará escenas urbanas ambientadas en el París de entonces, paisajes teñidos de verdes con pinceladas rápidas como huellas del impresionismo, o la sensualidad de los cuerpos desnudos de sus modelos. Pero asomarse a alguna de las 78 pinturas expuestas (1841-1919) en los muros del Museo Thyssen, es encontrar algo de vertiginoso en el proceso de reconocer al mismo artista en cada una de sus obras. El espectador se enfrenta así a las piezas que componen “Intimidad” sintiéndose en la encrucijada de atribuir alguno de sus lienzos a algún otro genio, y es ahí donde reside la magia de esta muestra.

Es su faceta como retratista la que da luz a una exposición que deja sus pinturas más desconocidas, como “La trenza” o “Retrato de la mujer de Monet”, al mismo nivel que sus icónicas imágenes de ocio colectivo al aire libre, como lo son “Después del almuerzo” o un estudio del natural de “Le Moulin de la Galette”, incluidas en la muestra.

Y es que la figura de Renoir, a veces tildada por la crítica -y como apuntaba su comisario Guillermo Solana- de “facilona”, en el fondo es uno de los iconos impresionistas más difíciles de encajar.

Sería tras la tercera Exposición Impresionista en 1877, en la que participó de buen grado, cuando se distanciaría del grupo, cuya reputación radical cree que le perjudica, y  busca el éxito comercial y social en el retrato de encargo.

Aunque la pintura gozosa no es popular, él genio francés logró ser máximo exponente de las escenas celebrativas de la vida, aún a sabiendas que la suya no fue precisamente fácil. Procedente de un entorno social muy humilde y logrando solventar las dificultades acaecidas durante sus primeras etapas, consiguió encontrar en los retratos de encargo un reconocimiento social y económico que le permitieron seguir pintando, incluso cuando su enfermedad (una artritis reumatoide que deformaba sus manos), le convirtiera prácticamente en un inválido.

Encargados o por placer, uno no puede olvidar algunos detalles de estos retratos que hipnotizan al espectador; como el magnético lazo rojo tras el que oculta el rostro de Jeanne Samary, en donde se invierte su tónica dominante de suprimir el entorno para concentrar la mirada en los semblantes, o el fondo del que emerge la Sra Paulin, que sin querer se convierte en protagonista. Sus pinceladas anaranjadas, sus violentos trazos rojizos, parece querer arrebatarle el protagonismo al negro casi riguroso de la vestimenta de la Sra Paulin, logrando incluso  evocar a míticas obras de arte del expresionismo alemán.

Renoir se convirtió así en un referente para otros genios de siglos venideros, como Picasso, en el que suscitó gran influencia, sobre todos en sus colosales desnudos que propiciaran cuadros tan afamados del pintor malagueño como “Bañistas en la playa”.

El desnudo fue un hilo conductor para Renoir desde sus primeras etapas, aunque tenía poca conexión con los impresionistas, a excepción de Degas, al no considerarse académico, pero marcaron su producción y que serían los culpables de que el artista francés recogiera la tradición clásica de grandes maestros como Miguel Ángel o Rubens.

Ese recogimiento de las enseñanzas de los grandes clásicos podemos encontrarla en el claroscuro de la obra ”Mujer al piano”, donde el vestido de la figura femenina parece transformarse en un lámpara incandescente para el espectador, en un foco de luz inesperado que brilla en la oscura habitación.

Pero será sobre todo en sus “Bañistas”, donde la historia discurrió más fluidamente por los cuerpos desnudos de sus modelos. Obligado es rescatar aquí “Ninfa junto al arroyo”, donde el rostro de la joven ninfa, donde confluye toda esa tradición junto al tratamiento personal de los desnudos majestuosos de Renoir.

El concepto de intimidad puesto sobre la mesa, en una exposición donde Renoir retrataría a la perfección esa máxima suya de hacer sentir al espectador “invitado a la escena”. 

Autora: Angélica Milán